El mundo menos el mundo



Hay que partir de una constatación universalmente ocultada: el valor no está en las cosas.

Las cosas carecen de valor.

Las cosas son. Están ahí. Tienen sus propiedades, su uso, su historia, su devenir.

Bajo el dominio del valor, son desposeídas de su existencia para sustituirla por una existencia mágica, en el sentido ilusionista: las cosas son lo que valen.

A partir de ahí comienza la miseria del mundo, cuya seudorriqueza de los seudorricos constituye el reflejo invertido.

El valor es la abstracción convertida en propiedad de las cosas.

Por eso una mercancía solo es accidentalmente lo que es: esencialmente, es lo que vale.

El comercio no se limita a hacer circular las cosas. Las produce como ilusiones: las cosas empiezan a comunicarse, a pensar, a desear, a vivir y comulgan en el altar del valor.

La IA es su culminación; el algoritmo, su catecismo.

La distinción marxiana, más bien marciana, entre valor de uso y valor de cambio permanece dentro del lenguaje de la economía. Pregunta qué clase de valor posee la cosa, cuando habría que preguntarse por qué la cosa tiene un valor, por qué el valor vale, por qué valer vale. La respuesta está, evidentemente, en la pregunta: valer vale sencillamente porque solo el valor vale, porque es todo lo que vale, porque nada vale sin valor.

Esta tautología ha incendiado el mundo y ha sido el dinero quien ha prendido el fuego, mediante el cual las cosas particulares son consumidas por las llamas incluso antes de ser consumidas.

En la sociedad del espectáculo hace falta algo más: ya no basta con que las cosas valgan.

Es necesario que parezcan valer.

La mercancía se convierte en imagen de sí misma. Ya no comunica solamente su precio: comunica un estatus, una promesa, una manera de vivir, una identidad. Al valor económico se añade un valor espectacular que transforma la cosa en representación de sí misma.

La mercancía se vuelve entonces perfectamente operante: es aquello que nosotros valemos por ser.

La actividad humana se vuelve contra sí misma. Los seres humanos necesitaban vivir entre ellos e intercambiar sus actividades. Ahora son las cosas las que viven, mientras los seres humanos se afanan en hacerlas vivir.

El espectáculo consuma esta desposesión al convertir la comunicación de las mercancías en el lenguaje general de la sociedad.

Contemplamos cómo las mercancías hablan de nosotros.

Después nos reconocemos en lo que dicen.

Y lo que dicen nos hace vivir.

La crítica del valor no puede ser una crítica del precio, de la explotación o del reparto de las seudorriquezas. Debe dirigirse contra la sustitución progresiva, a lo largo de milenios, de la realidad por el valor.

Porque cuando todo debe ser valorizado, primero hay que separar cada cosa de lo que es para que pueda convertirse en algo que vale.

Es la alienación generalizada.

Solo queda entonces una extraña inversión: hemos terminado preguntándoles a las cosas cuánto valemos.

El valor es el invasor universal mediante el cual las cosas han ocupado nuestro lugar.

La cuestión central no consiste en saber cuánto vale el mundo, sino qué ha hecho el valor con el mundo.

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